miércoles, 8 de febrero de 2012

La amabilidad perdida en una cabrilla.


A veces las cosas simples son las más difíciles de ejecutar.
Era un día agotador, de esos en los que solo quieres llegar a tu casa a descansar. Las ocho de la noche me avisaban que ya era hora de realizar lo que más anhelaba, llegar a casa.
Después de unos percances con la persona que todos los días puntual me lleva a casa, decidí afanadamente coger la ruta de bus 305 que pertenece a la Comercial Hotelera, qué grave error…

Aquí está el punto de mi descontento, tal vez el de muchos. El conductor del bus empezó mal, a mi llegada me arrebató la plata de las manos y gritó: tenga la devuelta, eso no me molestó pues en ese gremio los gritos y malas caras son comunes.

Pensaba comprensivamente que debía de estar igual de cansado a mí o que tal vez no era su mejor día. El bus estaba totalmente lleno, las personas pegadas de los tubos, claro a las que les alcanzaba, las otras moviéndonos de un lado a otro como un ganado que va en un camión.
Mi comprensión fue disminuyendo, se hizo más evidente mi incomodidad cuando frenó en seco encima de un motociclista.  Ya no pensaba en su cansancio, pensaba en el mío y en mi vida, porque como iba no le veía mucho futuro a la llegada a mi casa.

Una señora ya mayor tocó el timbre, pero fue ignorada por el bucero elevado que va conversando con su mujer, el timbre vuelve a sonar y con él otro grito del bucero que decía: "para que timbran dos veces, no ven que yo no estoy sordo".

Al escuchar esas palabras mi cansancio se agudizó junto con mi rabia que ya no lo comprendía ni un poquito, pensé millones de cosas, en mi interior alegaba constantemente el porqué trabajaban en medios de transportes públicos personas tan groseras,  a las que ni les importa su vida ni la de los demás.

 Mientras tanto alboroto y comentarios de los demás pasajeros inconformes con el servicio, conversaba con un amigo que iba en la misma ruta y yo muy intensa y molesta le repetía: ¿acaso el trabajo en esta ciudad sobra?¿cuánta gente amable dispuesta a hacer todo bien y que por lo menos brindan un gesto de amabilidad está en su casa leyendo el periódico, solo buscando clasificados para ver qué se pone a hacer?.

Terminado mi recorrido me bajé, pero no podía quedarme sin decirle nada, en verdad estaba muy inconforme con el servicio. Muy decentemente le dije pasito: señor le pido el favor que si no va a hacer el trabajo con amor mejor no lo haga, evítese problemas usted y evítenoslos a nosotros, su cara no fue la mejor pero creo que a los demás pasajeros después de eso el recorrido se les hizo más ameno.

Detrás de esa cabrilla había un ser humano como todos, pero un ser humano que no amaba lo que hacía, que veía su trabajo como una obligación que le evitaba pertenecer al gremio de los millones de desempleados.

En los buses hay un número que dice: ¿cómo conduzco?, desde ahí está mal el transporte público en Medellín, pues ese teléfono es totalmente disfuncional, nunca contestan. ¿En Medellín vamos a seguir viviendo de palabras? ¿Cuándo se dejarán a un lado los cartelitos para empezar a actuar?

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