A veces las cosas simples son las más difíciles
de ejecutar.
Era
un día agotador, de esos en los que solo quieres llegar a tu casa a descansar. Las
ocho de la noche me avisaban que ya era hora de realizar lo que más anhelaba,
llegar a casa.
Después
de unos percances con la persona que todos los días puntual me lleva a casa,
decidí afanadamente coger la ruta de bus 305 que pertenece a la Comercial Hotelera,
qué grave error…
Aquí
está el punto de mi descontento, tal vez el de muchos. El conductor del bus
empezó mal, a mi llegada me arrebató la plata de las manos y gritó: tenga la devuelta, eso no me molestó pues en ese gremio los gritos y malas caras son
comunes.
Pensaba
comprensivamente que debía de estar igual de cansado a mí o que tal vez no era
su mejor día. El bus estaba totalmente lleno, las personas pegadas de los
tubos, claro a las que les alcanzaba, las otras moviéndonos de un lado a otro
como un ganado que va en un camión.
Mi
comprensión fue disminuyendo, se hizo más evidente mi incomodidad cuando frenó
en seco encima de un motociclista. Ya no
pensaba en su cansancio, pensaba en el mío y en mi vida, porque como iba no le
veía mucho futuro a la llegada a mi casa.
Una
señora ya mayor tocó el timbre, pero fue ignorada por el bucero elevado que va
conversando con su mujer, el timbre vuelve a sonar y con él otro grito del bucero
que decía: "para que timbran dos veces, no ven que yo no estoy sordo".
Al
escuchar esas palabras mi cansancio se agudizó junto con mi rabia que ya no lo
comprendía ni un poquito, pensé millones de cosas, en mi interior alegaba
constantemente el porqué trabajaban en medios de transportes públicos personas
tan groseras, a las que ni les importa
su vida ni la de los demás.
Mientras tanto alboroto y comentarios de los
demás pasajeros inconformes con el servicio, conversaba con un amigo que iba en
la misma ruta y yo muy intensa y molesta le repetía: ¿acaso el trabajo en esta
ciudad sobra?¿cuánta gente amable dispuesta a hacer todo bien y que por lo
menos brindan un gesto de amabilidad está en su casa leyendo el periódico, solo
buscando clasificados para ver qué se pone a hacer?.
Terminado
mi recorrido me bajé, pero no podía quedarme sin decirle nada, en verdad estaba
muy inconforme con el servicio. Muy decentemente le dije pasito: señor le pido
el favor que si no va a hacer el trabajo con amor mejor no lo haga, evítese
problemas usted y evítenoslos a nosotros, su cara no fue la mejor pero creo que
a los demás pasajeros después de eso el recorrido se les hizo más ameno.
Detrás
de esa cabrilla había un ser humano como todos, pero un ser humano que no amaba
lo que hacía, que veía su trabajo como una obligación que le evitaba pertenecer
al gremio de los millones de desempleados.
En
los buses hay un número que dice: ¿cómo conduzco?, desde ahí está mal el transporte
público en Medellín, pues ese teléfono es totalmente disfuncional, nunca
contestan. ¿En Medellín vamos a seguir viviendo de palabras? ¿Cuándo se dejarán
a un lado los cartelitos para empezar a actuar?
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